Las dos caras de Ala Moana

Honolulu tiene un centro comercial gigantesco, dicen que es la plaza comercial al aire libre más grande del mundo: Ala Moana Center.
Hay tantas tiendas en ese centro comercial que se pasan las horas sin darte cuenta. Un domingo como hoy, turistas y lugareños pasan ahí todo el día ya sea para comprar, comer, o disfrutar los diferentes espectáculos de canto y baile que se presentan.

Sin embargo, con sólo cruzar la calle y literalmente a pocos pasos de esta mole de marcas de lujo, Ala Moana tiene, también al aire libre, un oasis donde podemos disfrutar un espectáculo que la naturaleza presenta todos los días del año.

Eso sí, hay que llegar a tiempo porque los minutos parecen correr más rápido de lo normal en Ala Moana Beach Park. Los rayos con los que el sol despide el día, van coloreando el cielo y de lo único que tenemos certeza, es que en poco rato, el rey de los astros se habrá ocultado del otro lado del mar.

Obra y sepulcro de Hernán Cortés

El Hospital de Jesús es una institución de beneficencia en la Ciudad de México, que Hernán Cortés mandó construir en 1524, y que continúa funcionando como sanatorio hasta nuestros días.

Aún cuando el hospital está en plena Avenida 20 de Noviembre, y guarda en sus muros la belleza de una construcción colonial, es difícil distinguirlo entre los comercios que lo rodean y que disimulan su entrada.

Incluso antes de su edificación, este espacio guardaba anécdotas significativas. Fue allí mismo donde Cortés se encontró por vez primera con el emperador azteca Moctezuma Xocoyotzin, a quien sometiera después para consumar la conquista de la llamada Nueva España.

Como obra arquitectónica, el edificio con sus techos, patios y estancias aún guarda los soberbios rastros de su historia.

Para admirar una reliquia del siglo XVI, es imprescindible visitar la Sacristía, que conserva en excelente estado su techo original con octágonos de artesonado y flores doradas.

Una mesa reina en el centro del despacho, y allí aseguran que fueron puestos los restos de Hernán Cortés durante unos meses durante la década de 1940.

Pero para conocer la última morada de Cortés, hay que visitar la iglesia contigua al hospital, donde él mismo pidió en su testamento descansar por siempre.

Como si fuera poco, en esta misma parroquia dedicada a Jesús Nazareno, el mural “Apocalipsis” de José Clemente Orozco aguarda en las alturas.

Lástima que la descuidada placa que desde la calle marca el sitio del encuentro de los padres de la nación mexicana, Moctezuma y Cortés, no invita a conocer una de las construcciones mejor mantenidas y el propio sepulcro del conquistador español, que perpetuó su nombre y legado en estas tierras hace casi 500 años.

Hospital de Jesús e Iglesia de Jesús Nazareno

Avenida 20 de Noviembre, 82

entre las calles de República del Salvador y Mesones

Cento Histórico

México, D.F.

Día de Muertos

El 2 de Noviembre es el único día del año en el que se les da permiso a los muertos para venir a convivir con quien fuera su familia.

Sus almas acuden a disfrutar de aquella comida y bebida que se les ofrece con fervor a través de las ofrendas; a escuchar canciones, oraciones y anécdotas; a observar las sonrisas y algunas lágrimas que se les dedica este día.

Esa es una de las tradiciones que existen en México (y sí la creo!).  Así que fuimos con amigos a visitar San Pedro Tlahuac para vivir esta oda a la muerte y vimos algunas maneras de festejar esta noche.

Hubo quien se atavió como toda una catrina experimentada, algunos más con atuendos de danzantes regionales, pero con un toque propio del folclore del Día de Muertos.

Otros iban disfrazados de demonios o lloronas y el ambiente estaba más cerca de lo festivo que de lo lúgubre.

Aún pasada la media noche las calles  estaban abarrotadas de puestos de comida, y dentro del panteón,  las veladoras iluminaban tumbas y mausoleos repletos de flores, al son de distintos cánticos y murmullos que rompían la paz característica de un camposanto.

Gente de todas las edades disfrutaba de esta noche mientras nosotros pasábamos a lo largo de diferentes ofrendas.

De pronto, una de las familias que velaba a sus difuntos alrededor de una olla de café caliente nos invitó a unirnos a ellos.

Con un poco de vergüenza por la intrusión, nos quedamos a departir un ratito con ellos. La pasamos tan bien, que se nos olvidó  que íbamos a vernos con los demás amigos a la salida del cementerio.

¡Qué sorprendidos quedamos con la amabilidad de estas personas!  Estuvimos encantados con su charla, la sencillez y como, sin conocernos, compartieron con nosotros viejas anécdotas de sus seres queridos a quienes visitan año con año en este mismo lugar.

Tlahuac no sólo conserva las tradiciones mexicanas.  También atesora esa hospitalidad en su gente que te recibe con brazos abiertos, dejando un buen sabor de boca en estas fechas que, además, nos recuerdan aquella barca que algún día tendremos que tomar sin camino de vuelta.