El misterio de Cantona

Cantona se encuentra en el Kilómetro 27 de la Carretera Tepeyahualco – Coyoaco en Puebla y fue una ciudad fortificada del México prehispánico, que pareciera sólo recomendable para aquellos que prefieren ir a lugares poco concurridos y con mucho por descubrir.   

Y es que el camino para llegar hasta ahí es bastante largo, el clima es seco y la vegetación nos recuerda lo remoto de la zona.

Fue de casualidad que llegamos hasta allá porque yendo por la carretera hacia Perote decidimos desviarnos hacia este impresionante lugar, sin saber que valdría tanto la pena. 

Ya estando ahí nos enteramos que Cantona tiene menos de veinte años que fue abierto al público; es un sitio arqueológico que vivió su auge entre los años 600 al 1000.  

Su extensión de grandes proporciones alberga una estructura urbanística con características muy complejas y asimétricas; los vestigios visibles a los visitantes dan cuenta de la majestuosidad de lo que alguna vez fue este asentamiento prehispánico. Además, Cantona tiene la particularidad de que las rocas en sus construcciones están empalmadas unas sobre otras sin estuco o ningún otro material para unirlas.

Sobre la cultura que habitó ahí no se sabe nada aún.  Su origen es un verdadero misterio, al igual que la falta de difusión del lugar, que lo convierte en una de las zonas arqueológicas más importantes pero menos conocidas del altiplano central de la República Mexicana.

El área que más atrae a los visitantes que llegan a la enigmática Cantona, se llama La Plaza de la Fertilidad de la Tierra, bautizada así por los monolitos con figuras fálicas que ahí se encontraron. Pero nuestro guía, también nos hizo notar que en una de estas piedras, la imagen de La Virgen María se alcanza a ver (con un poquito de imaginación), desde cierto punto de la plaza…

¡Ah! qué sería de nuestro México, sin esos contrastes entre lo religioso y lo pagano; entre la picardía y el misticismo, con una buena dosis por supuesto, de hermosos paisajes y majestuosos escenarios.

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La noche que nadie duerme

En Huamantla, Tlaxcala ya se preparan para la noche del 14 de agosto, que es cuando bajan a la Virgen de la Caridad de su altar para recorrer las calles de este pueblo mágico, durante la llamada Noche que nadie duerme. 

La expresión de culto más importante es la confección de alfombras de colores y formas florales o religiosas, que cubren las calles por donde pasará el carro alegórico con la virgen encabezando la procesión.

Artesanos y fieles se dan a la tarea de elaborar estos preciosos tapetes durante el día, para que estén listos justo cuando salga la imagen de la Virgen a recorrerlos uno por uno.

Los más de siete kilómetros de tapetes florales son hechos de aserrín de colores perfectamente simétricos.  Todas estas creaciones son elaboradas por hombres y mujeres de Huamantla; devotos artesanos que participan con maestría y fervor para vestir las calles de gala.

Mientras pasan las horas, el panorama de Huamantla va transformándose rápidamente y se llena de girnaldas, luces, macetitas, flores y por supuesto, de cientos de visitantes que llegan aquí para celebrar esta fiesta.

Vale la pena darse una vuelta por acá que queda a poco más de dos horas de viaje desde la Ciudad de México.  Eso sí, hay que estacionar el coche en cuanto sea posible, porque por obvias razones, las calles centrales se encuentran bloqueadas.  Si se tiene la oportunidad hay que disfrutar de las tradiciones de México, siempre llenas de color, buena gastronomía y fulgurantes experiencias.

De los Niños…. Héroes?

Por primera vez después de tantos años  en esta Ciudad de México, visité junto a mi familia el llamado Altar de la Patria, mejor conocido como Monumento a los Niños Héroes. Quise ir para conocer de cerca esas moles que erigieron para conmemorar a los seis  cadetes que murieron durante la invasión estadounidense de 1847, en lo que entonces era el colegio militar, hoy Castillo de Chapultepec.

La Historia oficial dice que estos jóvenes murieron luchando contra las tropas americanas y que incluso uno de ellos, Juan Escutia, se envolvió en la bandera de México y se aventó al vacío como un símbolo patriótico de defensa de nuestro país, al no permitir que los soldados de Estados Unidos se apoderaran de la enseña patria.

Pero recordando mi ya pasada época universitaria, les cuento que tuve una profesora buenísima de Formación Social Mexicana, que en una de sus clases quebró para siempre mi creencia en los Niños Héroes.  María del Carmen Vázquez Mantecón -así se llamaba mi maestra-, aseguraba que aquella historia de la Historia de México, no era más que un mito y nos decía que:

  • Para empezar Francisco Márquez, Fernando Montes de Oca, Juan Escutia, Agustín Melgar, Juan de la Barrera y Vicente Suárez, no eran “niños” pues casi todos eran mayores de 18 años, me parece que solo dos de ellos eran menores.
  • Que días antes de la batalla, el director del Colegio Militar ordenó que todos los alumnos abandonaran el recinto, pues ya se sabía que los soldados de nuestro vecino país del norte iban avanzando hacia allá.
  • Que estos jovencitos se quedaron, pero no para defender nada, sino porque eran los chicos rebeldes de la escuela y se les hizo buena idea permanecer ahí; hasta malas calificaciones tenían y bueno… ni hablar de la conducta.
  • Que ya para cuando las tropas de E.U. habían llegado al Colegio Militar,  no había escapatoria y que aquello de la bandera, no fue sino un acto normal de quien quiere escapar como sea de una muerte inminente.

Como siempre pasa, nunca sabremos qué sucedió en realidad. Pero de que ahí tenemos un bello monumento que guarda los restos de estos jóvenes que murieron en Chapultepec hace siglos, lo tenemos.  Muy cerca del Metro Chapultepec.